Carta a Donald Trump. #DonaldTrump 

Donald Trump es el 44° presidente de Estados Unidos desde el 20 de enero de 2017. Político, empresario y personalidad televisiva que ha trabajado en sectores como el de los bienes raíces o los certámenes de belleza. Donald Trump, hijo de una escocesa que se mudó a Estados Unidos y se casó con un alemán. Donald Trump, el mismo que ha firmado la construcción de un muro en la frontera de México y la prohibición de la entrada de personas de nacionalidad musulmana a un país construido por y sobre inmigrantes: Estados Unidos. Donald Trump, quien dijo en un autobús que “las mujeres te dejan hacer lo que quieras si eres famoso. Puedes hasta agarrarlas por la vagina” mientras se partía de risa. Donald Trump, una persona que dijo en una entrevista “no podría decir que respeto a las mujeres” sin ningún gesto de preocupación y, lo que es peor, obligación. Donald Trump, una persona que reparte odio, intolerancia e insensibilidad a todo el que le muestra, de forma respetuosa o no, un camino diferente al suyo. Esto está pasando. Un psicópata tiene las riendas de una superpotencia como Estados Unidos.

Yo soy española de nacimiento, mi DNI dice que nací en Madrid y que mis padres se llaman Emma y Javier. Mi expediente académico dice que, por lo general, no soy una persona suficientemente brillante para vete-tú-a-saber-qué. Sin embargo, ni mi DNI ni mi expediente académico dicen nada de mi actitud ante la vida, que es mi verdadera identidad. No dice que cuando no iba a clase estaba en la biblioteca leyendo o gestionando proyectos. No dicen nada de mi actitud ante el divorcio de mis padres, tampoco ante 1 embargo y 10 cambios de casa. Tampoco dicen que con 7 años cree mi primera página web de empresa y hablaba con proveedores de todo el mundo porque quería crear una yeguada que respetara a los animales. Tampoco dicen que envio dinero a mi familia ni que lucho con lágrimas en los ojos por ser la hija, hermana y nieta que mi familia se merece, independientemente de lo que ellos hagan, por cierto. Tampoco dicen que siempre desee tener 18 años para trabajar y ser una mujer independiente que ayude a su familia y amigos en lugar de ser una carga. Tampoco dicen que me presiono constantemente para mejorarme ni que duermo 6 horas al día, si no menos, porque me creo estrictas rutinas de trabajo y estudio que me ayuden a ser y hacer mejor, como leer al menos 1 libro al mes, mejorar mi inglés y hacer FaceTime con gente que realmente cuenta y me lleva de la mano a donde quiero llegar, aunque duela. Dicen que soy una milenial porque nací en 1992 y sin embargo muchos hábitos clave de mi vida no se han correspondido con la gente de mi edad.

Mi DNI y mi calendario académico no dicen nada de eso porque son una mera ficha técnica. Me clasifican en etiquetas fáciles de gestionar, no recogen mi identidad y por tanto mi potencial como ser humano. Elevan mi identidad a la altura de una cifra. Por esto, no puedo evitar preguntarte, Trump: ¿De qué coño vas? Etiquetando vidas, distanciándolas y enfrentándolas, destrozándolas, falseando la realidad y elevando el valor de las redes sociales a un debate de Gran Hermano. ¿Y de qué coño vais los demás creyéndole y apoyándole con datos absurdos que no os creéis ni vosotros mismos? Menos tele y discursos baratos y más lanzarse a la calle y organizaciones donde está la realidad y el diálogo más auténticos.

El 26 de septiembre de 2016 hice las maletas y me mudé a Londres. Una ciudad donde hablo en un solo día con españoles, franceses, rumanos, indios, rusos, italianos, árabes, holandeses o alemanes. Me reúno con chicas de mi edad y empresarios de Londres que me cuentan la realidad de sus países y familias. Todos sin excepción tienen más en común que diferencias a pesar de su divergente origen y nivel socioeconómico. Veo mujeres musulmanas con turbantes cada día en todas partes, veo mujeres negras llevando a sus hijos negros al colegio, veo rumanos con ojeras que me cuentan que tienen dos trabajos para que sus hijos rumanos accedan a una educación mejor, británica. Veo gente que intenta robar en supermercados de todas las nacionalidades y una sóla etiqueta en común: una educación deficiente. Algo que no recoje su DNI o ID. Veo cada día una comunidad abierta, respetuosa y que respalda a sus miembros sin mirar su DNI o el color de su piel, aunque esa pueda ser la actitud más fácil e incluso natural. Que dice orgullosa que se vino con 20 años y dejó todo atrás para construir una vida a base de esfuerzo y responsabilidad. 
Yo puedo decir que estoy bastante orgullosa de haber dejado en un paréntesis mi país, mis familias, mi rutina y mi comodidad para empujar mis límites y aprender a manejarme en entornos internacionales y desconocidos. Porque como tu país, tu ciudad y tu idioma, no hay nada. Estoy orgullosa de ser miembro del equipo de TEDxValladolid y TEDxYouthValladolid, una comunidad global que se esfuerza por compartir ideas que mejoran el mundo y enriquecen nuestra mente. Estoy orgullosa de pensar de una manera distinta a mi familia y amigos y aún así escucharlos atentamente y valorarlos como a mí misma a pesar de mi intensa soberbia. Estoy orgullosa de haber vivido meses con 5€, como viví en 2012-2013 cuando el banco nos embargo la casa, y haber dedicado ese dinero a comprarle comida a gente y perros que vivían en la puta calle en lugar de ir al cine con mis amigas o a montar a caballo. Orgullosa de haber trabajado como azafata y modelo para marcas de numerosos países para pagarme una carrera donde tenía una asignatura llamada comercio electrónico y negociación intercultural. Estoy orgullosa de vivir en una casa donde se habla inglés, español y francés y se fomenta una actitud de mejora continua, responsabilidad y sensibilidad. Estoy orgullosa de haber rechazado puestos de trabajo, amistades o parejas por seguir mis principios. Estoy orgullosa de no quejarme de mi vida cuando soy yo la que la fasfidia.

Pero no. No estoy orgullosa de haberme callado cuando quien se tenía que callar era quien estaba en frente de mí. No estoy orgullosa de haber dedicado 5 años de mi vida a mi carrera en lugar de haberme comprometido al 100%  con ella y con proyectos sociales. No estoy orgullosa de ser una cuentista: porque hablo más que hago. No estoy orgullosa de no hacer una mierda por millones de personas e historias que etiquetamos como refugiados. Y otros tantos que no están a millones de kilómetros, sino al lado. No estoy orgullosa de mi irresponsabilidad continua conmigo misma, que lejos de afectarme a mí afecta a toda una familia. Sin embargo, veo todo lo bueno que hay en mí, y veo que es suficiente para cambiar mi pasado y seguir mejorando. Señor Trump, como buen money maker, sabe que siempre hay que estar atento y aprovechar las oportunidades, que los mercados suben y bajan, que una misma empresa puede cambiar su performance bajo las manos adecuadas. Entonces, no entiendo, porque refuerzas tus decisiones con argumentos de base estática, dando a entender que la naturaleza no fuera dinámica y que desde que nacemos estamos destinados a no superar las etiquetas. 

Creo en la gente que se esfuerza por ser mejor cada día y que se mira al espejo y no se gusta porque sabe que da un 1% de lo que podría ser. Y aún así ahí sigue, luchando por ser mejor. Y digo ser mejor, no ser más efectivo o más rico; al memos como destino. Creo en la gente que vive en constante transición; lo suficientemente valiente y humilde para saber que está equivocada y debe seguir trabajando. Creo en la gente que monta organizaciones con el fin último de ayudar a la gente, no sólo pasárselo bien y engordar su ego y su bolsillo. Creo en la gente que dice por favor, perdón y gracias. Creo en la gente que se enfrenta al poder a pesar de poner en juego su comodidad e incluso su propia vida. Creo en una gestión responsable de la economía que refleje mi identidad y mi propósito, no mis deseos ni las modas. Creo en la gente que dice alto y claro lo que piensa, asumiendo el riesgo de ser etiquetada y estar equivocada. Creo en la gente que se toma un café en una cafetería y analiza si el camarero está ocioso o le vendría bien que se le acercará la consumición a la barra.

Estoy harta de personas y organizaciones vendemotos, que reducen la dignidad y potencial de las personas a etiquetas circunstanciales y sin sustancia. No me creo a la gente que va del trabajo a la tele o del trabajo a la discoteca. No me creo a la gente que dice “quiero” pero no hace nada. No me creo a la gente que se burla de gente con rastas y porros que se está echando a la calle a luchar, de la manera que considera correcta, por los derechos de todos. Y aunque no me la crea, y es mi problema, jamás me consideraré superior o en mi derecho para poner una barrera física o psicológica entre ellos. Porque a veces, esa gente que roba en los supermercados y no ha tenido acceso a una buena educación, esa gente que se funde el dinero de su familia en copas, muchas veces esa gente tiene mucho más y mejor que decir sobre la vida que otros con MBA y una vida de equilibrios. 

Así que, sí. Sí creo en la gente. Creo en la gente que se para a leer lo que un mendigo o manifestante tiene que decir y se lo apunta en el móvil para reflexionar e investigar sobre ello; y en la que no. Creo en la gente que tiene un Excel mental con la gente que le ayudó para alguna día give it back o give it forward; y en la que no. Creo en la gente que es curiosa y servicial y que hace su casa allí dónde está su propósito. Uno muy por encima de su propia vida. Y en la que no. Definitivamente, creo en la gente que sirve de puente para otra gente, apartando sus deseos para ponerse a su servicio. Y en la que no. También creo en la gente que está confundida pero de fuerte proposito, encontrarán lo que buscan porque lo llevan consigo. Y, sin ninguna duda, creo, apoyo y me siento locamente atraída por quienes creen que la diversidad enriquece la identidad, la conciencia y la vida. Y que es bueno asumir riesgos si eso nos lleva a ser mejores y estar en el mismo barco. Y que la forma de tener más gente que hace en lugar “de la que no”, es conviviendo, mezclándose, derribando barreras.

Maravillosas redes sociales. Nos conectan con gente distinta y con nosotras mismas. Nos recuerdan nuestra propia voz. Me recuerdan que tengo una y que la uso demasiado poco. Me recuerdan cuáles son o eran mis preocupaciones y mis soluciones y que soy una más en una selva inmensa y precisamente por eso no estoy eximida de mi responsabilidad.Que no estoy sola, nunca lo he estado y nunca lo estaré. Y que por supuesto que yo, tú y aquel, contamos. Y no sólo para recoger, porque nada tiene sentido si no siembro.

El otro día me encontré esto en Instagram. Dice:”History has its eyes on you”. Así que, me pregunto. ¿Cuál va a ser tu legado? ¿Qué le dirás a tus nietos atónicos cuando te pregunten: qué hiciste tú? ¿Cuál va a ser la historia de tu vida? 

Por último, el argumento más poderoso que he leído sobre el individuo y las naciones: “No reniego del patriotismo, pero primeramente soy un ser humano y, cuando ambas cosas son incompatibles, siempre le doy la razón al ser humano”.

Pregunta: Mi mejor amiga y yo vamos a dedicar nuestro verano de 2017, o parte de él, para apoyar mediante voluntariado en zonas de necesidad donde haya brecha educativa. ¿Qué causas conoces y/o apoyas? Leave a comment! Merci!

 

Anuncios

2 pensamientos en “Carta a Donald Trump. #DonaldTrump 

    • Asombrada me tienes tú, Carmen. Familia, trabajo, voluntariados y siempre dispuesta a ayudar e informada respecto a lo importante. One in a million. Gracias por tu ayuda una vez más! Tomo buena nota de ello. ❤️

¿Tienes algo qué decir? ¡Compártelo!

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s