Empresario y sinvergüenza

Hace un par de horas, mientras cenaba en el jardín, he leído una publicación de Instagram de alguien a quien adoro, que va a dar mucho de que hablar y que expresaba su rechazo por lo peor del consumismo: la falta de (auto)conciencia social. La imagen en cuestión era un señor pidiendo en la puerta de la tienda de una de las marcas de joyería más conocidas del mundo. El mensaje era claro: el consumo —de cosas que no necesitamos y que contribuyen a construir un mundo con carencias— tiene mayor protagonismo que el dolor y la desesperación diaria de nuestra especie. Cambiar el mundo es un objeto de deseo poco erótico, comprarse una joya bonita es entretenido y da satisfacción espontánea. Y bien es sabido: donde no hay ética, queda la estética. ¿Soy anti-joyas? ¡Noo! Ni llevo joyas ni me maquillo, ni me hace falta ni me interesa, el coste de oportunidad es demasiado alto para mí. Al menos por el momento. ¿Partidaria de invertir el dinero en formación, tiempo con los míos, viajes o ayudar a otras personas en lugar de joyas? … ¿¡Lógicamente!?

 Conoce a tu enemigo y dejará de serlo.

Supongo que nadie estará en contra de esta afirmación: el mundo no es justo. Y por si no fuera suficiente, las personas cometemos errores que acentúan aún más las complicaciones lógicas de una vida. En la historia están todos los errores que una persona puede cometer pero nada, oye, nos gusta validar por nosotros mismos por si a caso.

Imaginaos una mujer de unos 40 años. En la cima del atractivo físico y, casi, del personal y profesional. Empezó más o menos joven a valerse por sí misma (trabajar), cometiendo errores una y otra vez, aprendiendo con mayor o menor habilidad. Noches y noches llorando, sintiéndose perdida, sola y sin esperanza; con la seguridad de que no había motivo para sentirse así, sintiéndose por ello encima frustrada. Sin embargo, se va puliendo, superando obstáculos y zancadillas mentales que ella misma se ponía. Trabaja aquí y allí, conoce a gente y hasta descubre que es buena en su gran pasión. Emprende, pero no acierta lo suficiente. Y otra vez, vuelve. Hasta que un día, ella y su equipo, y no olvidemos lo del equipo, aciertan. Y aquello crece, crece que se desborda y ahora no es que se hayan equivocado con la propuesta de negocio: un aquí no entra nadie. No, es que se desborda. Que: oye llama, abre un Job and Talent o lo que sea porque entre tú y yo no damos a basto. Ojeras, que si duerme 5 horas, que si 4 cafés o Coca Colas salerosas al día, pero se despierta cansada. Le mueve la pasión de descubrir un día nuevo y estar para su equipo. Ya suena su nombre, hasta salen los típicos enfermos celosos y no-pasa-páginas que quieren obtener con el daño la felicidad, o al menos ausencia de dolor, que no han sido capaces de lograr por ellos mismos. Llegan comidas y cenas, eventos y llamadas de “gente muy gorda” (no, en serio, suelen estar gorditas), en fin, la parte más glamurosa. La de: no no, usted se ha equivocado, no puede querer hablar conmigo. La parte de estar: ¡atentos! De seguir madrugando, con y por su equipo y, en todo caso, delegar para poder estar con su familia e incluso mover otros proyectos. Han pasado años, claro, años de querer dejarlo todo y de sentirse sola al tirar del carro mientras aprende a conducir y la descarrilan. Decisiones duras: decirle a una persona a la que contrató con toda la ilusión: lo siento, creo que no somos la empresa que tú necesitas para crecer personal y profesionalmente, rescindimos contrato. Sabiendo que la frase es cierta, porque si no no la diría, pero que al fin y al cabo esa persona se va con un despido, esperemos, a su casa. Resulta que el margen pende de un hilo porque la estructura de costes fijos es rígida, no se vende lo que se debería y hay que deslocalizar las plantas A, B y C. ¿Por qué? Porque si quiere mantener su promesa está obligada a garantizar la supervivencia de la empresa: la promesa de que las madres y padres de familia que trabajan con ella lleven todos los meses comida a casa. Resulta que establece procesos para controlar la calidad de las condiciones de trabajo de su planta C, en China, y se entera a los 6 meses de que el directivo, nativo de China y por tanto con mentalidad oriental, está explotando a su gente de China. Y sigue sumando. Un día a día de disgustos. Vamos,  que a esta gente le va 50 sombras de Grey y el primer contacto de su móvil es “A El teléfono de la esperanza”. Hablan con Siri para que les indiquen los puentes más cercanos algo así como 4 veces al día.

Ojalá. Ojalá consiga crear tantos puestos de trabajo como una multinacional. Ojalá pagar tal cantidad de impuestos. Ojalá ser una mina de oportunidades de crecimiento personal y profesional; el único camino posible hacia una plenitud más o menos completa, el único camino para ser mejores cada día, comprender el mundo que nos rodea y desarrollar nuestro poder más valioso: la utilidad. Ojalá entre empresas, organizaciones y personas consigamos mejorar la calidad de vida de esas plantas, A, B y C, a base de colaboración. ¡JUNTOS! Con dinero del más ladrón si hace falta. ¿O es que prefieres que ese dinero vaya a seguir manteniendo negocios de mierda como la trata de blancas? Ojalá llegar a tener 2.000 trabajadores, dinero en la cuenta para poder seguir con el negocio y mi vida personal si se diera la peor de las circunstancias y tener las mejores condiciones de trabajo del país. O las suficientes si eso implica que 2.000 familias tengan gazpacho en la nevera.

Todos tenemos luces y sombras. La vida no es fácil, los negocios tampoco. Nos faltan un montón de cualidades que están deseando ser encendidas para crecer y crecer y alcanzar su máximo esplendor. Supongo que eso es la felicidad. Nos falta responsabilidad e inteligencia social, conciencia de especie y, sobre todo, voluntad y confianza en nosotros mismos. Para decir un Yo no te compro, un No lo sé, un Me equivoqué, un Yo te ayudo, un Me siento solo y te hago daño porque no sé hacerlo mejor. Este proceso, tan duro y doloroso como sencillo, se tiene que hacer desde dentro. Desde las empresas, organizaciones y personas, desde tú y yo, nuestra familia y nuestros amigos. Como se suele decir: desde el sistema. Por eso hay que conocerlo bien, valorarlo —en el sentido más emocional de la palabra— hasta sentirlo y ver sus cosas buenas, sus carencias, sus motivaciones. Y entonces… Aliarse con empresas, organizaciones y personas capaces de ceder su protagonismo y poner su voluntad y recursos para cambiar las cosas: al servicio de los demás. 

No pidas lo que no das. Hazlo: da.

Cuando hablas o escuchas a grandes fortunas, o no tan grandes, que tienen un historial penal a las espaldas te das cuenta de que les ocurre lo que nos pasa a todos: estamos confundidos, estamos perdidos. Ellas también se dan cuenta de que tú estás perdida: con tus 20 añitos o tu mentalidad anticapitalista. Nos pasamos la vida conceptualizando el éxito, intentando llenar carencias en su mayor parte afectivas y esclavizándonos a nosotros mismos con nuestros hábitos y pensamientos. ¡Libertad! ¡Libres como un pájaro! Cuando un empresario se equivoca la resonancia se magnifica y en seguida llegan las críticas. En muchas ocasiones bien merecidas, cuidado. Ellos y ellas son personas de acción, libertad y carácter. Cometen errores porque hacen, no solo piensan. No, accionan. Por eso me veo incapaz de juzgar duramente, ellos y ellas han recorrido un camino que yo no he andado. ¿Haría yo en su lugar lo que tanto predico? ¿Me dejarían? ¿Podría mantener un negocio a flote sin despedir? ¿Prefiero un mundo en vías de desarrollo hundido en su soledad y tiranía política o uno en el que multinacionales de todos los sectores aumenten sus ingresos y formación? Les hacen libres. ¿Habéis probado a desempeñar una tarea con éxito y que una empresa cuente contigo para trabajar durante 4 años? Les están subiendo el autoestima, potenciando su desarrollo personal y profesional, sea para trabajar o para dar un puñetazo en la mesa y emprender su propio camino. ¿Preferirías que estuvieran tirados en la calles? ¿Trata de blancas? ¿Qué haces TÚ? Tú que tanto críticas esa situación, qué bien merece varias críticas y que necesita propuestas, ¿qué has hecho HOY por ellos? Pides, ¿pero que das?

El hecho de que esto sea tan complicado no debe terminar ni en victimismo ni en excusa, sino en acciones. Pero, en mi opinión debemos aprender algo por el camino: conoce a tu enemigo y dejará de serlo. Comprender y aprender, ¡hasta del demonio! Eso no significa compartir o respetar opiniones o acciones. No. Quizá significa poder hacer un juicio de valor serio, riguroso y justo. La diferencia entre juzgar y prejuzgar, ¿no?

Júntate, con límites muy bien definidos, lo suficiente para aprender de todo y de todos. Es la única posibilidad de ser humilde: reformar el ego y la inconsciencia. Charla, charla y sigue charlando. Observa, pregunta. No hay preguntas fuera de lugar. Si las hubiera son una gran herramienta: un detector de humildad, valentía y transparencia de un valor incalculable.

Sé inteligente, bondadoso y valiente. El no prejuzgar, el no odiar, tener el deseo de comprender y hacer sentir comprendidos a nuestros “enemigos” nos acercará a ellos, y entonces conseguiremos lo que nos proponíamos desde el principio pero no habíamos sabido canalizar correctamente: conocerlos mejor para ayudar(nos)los a ser mejor, a quitarles su pesar o guiarles el camino. O quizá sacarles de nuestras vidas. Pero, en cualquier caso, habremos dado un gran paso: seremos libres; ya no serán nuestros enemigos, sólo viejos amigos de moral distraída que, como todos, se confundieron en algún que otro camino.

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