YOK, descubrimiento científico sin precedentes sobre los animales.

Desde que tengo memoria he tenido la suerte de vivir rodeada de animales. Nuestras casas y mi entorno siempre han estado llenos: perros, gatos, iguanas, ninfas, agapornis, ardillas, caballos, avispas, cucarachas… Mi abuela se despertaba a las 6 de la mañana para cuidar todo ese ecosistema de animales y flores que vivía en su jardín. Aún recuerdo el olor a mar y el color del amanecer en nuestro chalet de Los Álcazares, me despertaba después de mi abuela y empezábamos juntas el día a solas. Aún hoy —cuando vivía en España— me despierto a las 7 de la mañana sábados y domingos para desayunar con mis abuelos e ir a ver los caballos antes de que empiece el día: de ahí me voy a la biblioteca a leer, pensar y avanzar en proyectos. 365 días al año si me dejan. Lo primero que voy a hacer cuando vuelva a Valladolid en Navidades, lo que más echo de menos. Disfruto contándolo pero no es sólo cuestión de disfrute: quien a buen árbol se arrima, buena —pureza de calidad— le cobija y el que siembra —dedica tiempo y esfuerzo a preguntarse y reflexionar para encontrar respuestas—, recoge. Y si esa inteligencia y práctica no está en tu entorno de manera natural, eso significa que eres tú quien tiene que crearlo.

Yok era un cócker ruso y nuestro primer perro: de mi hermano y yo. Creció con nosotros en Madrid y más tarde en casa de mis abuelos, en Murcia. Gracias a él he aprendido muchas cosas sobre los animales, así que voy a contaros pequeñas historias que demuestran que los animales tienen sentimientos, conciencia y personalidad.

Anoche estaba jugando con unos vecinos pequeños con las pistolas de agua. Yok estaba en el césped del parque tumbado jugando un palo sin perderme de vista. De repente, más de 7 niños se acercan a mí en un ataque traicionero de calarme en grupo. Yok se levantó a su misma velocidad, se puso en frente y les sacó los colmillos. Inmediatamente, les dije a los niños que rebajaran su expresión corporal y con ello la tensión: “pistolas abajo, bajar a su altura y distancia prudencial”. Me acerqué a ellos y luego le acerqué a él. Yok entendió que no pasaba nada y en seguida se relajó y se puso a jugar. Lo mismo ocurrió hace muchos más años. Un gran pastor alemán atacó a Yakie, nuestro otro perro, casi lo mató. Yok le atacó e intentó liberar a Yakie, cuyo cuello estaba en la boca de Fando, este pastor alemán. Podría haber huido, podría no haber hecho nada, pero atacó para proteger a su amigo. Compasión, capacidad de amar o querer y miedo a estar solo, empatía, valentía y sentimiento de pertenencia. I-n-c-u-e-s-t-i-o-n-a-b-l-e.

Yokete tenía miedo de mi bici, simplemente hacía amago de cogerla y se escondía. En Sotoverde, él dormía en la entrada o, en contra de mi voluntad, en el garaje. Y digo en contra de mi voluntad porque cada día veo más claro lo egoístas que hemos sido mi familia y yo. Las personas que hemos tenido animales a lo largo de nuestra vida, por lo general los hemos tenido rebajados, teniéndolos muy por debajo de lo que se merecen: lo mejor; y por una razón completamente egocéntrica: porque queríamos. Lo primero que Yok veía al amanecer era a mí. Antes de desayunar lo primero que hacía era sacarlo de esa mierda de garaje, quitarle el collar y otras mierdas y subirnos al monte. En la foto veis el camino que seguíamos, aunque no veis el punto más alto al que nos subíamos. Amanecer, perdices corriendo, algún zorro, él y yo. Hay dos cosas por las que siempre diré que he sido una persona muy afortunada durante toda mi vida: tener mi bici y tener a mi perro. Siempre han sido los mejores momentos de mi vida, mi carga y mi descarga, mi aprendizaje y mi superación. Volviendo a la historia, Yok tenía miedo de mi bici. Así que decidí acercarlos para que la comprendiera y viera que no había nada que temer. Lo primero que hice fue tumbarla en el suelo y sentarme al lado ignorándola. En seguida Yok vio que no se movía y que yo estaba a su lado sin problema: no pasaba nada. Terminó tumbándose casi encima y actuando con casi completa normalidad. ¡Prueba estática superada! Ahora tócaba ponérla en movimiento, su peor pesadilla. Empecé a sacarle a pasear con ella. Lo cual era en parte divertido para él porque siempre ha sido un perro juguetón y le encantan los retos: jugar al pilla-pilla, al escondite… Con el tiempo, el miedo desapareció. ¿Por qué tenía miedo? Yok temía por su propia vida. Así de sencillo. Igual que nosotras, las personas. Y cuando tememos por nuestra vida podemos hacer toda clase de cosas que podríamos haber jurado nunca íbamos a hacer. Yok tenía eso muy presente y tomaba decisiones conscientes para sobrevivir y evitar conflictos, hasta que alguien de su máxima confianza le tendió la mano y le dijo: no pasa nada, puedes con esto.

yok

A Yok le encantaba que me pusiera a su altura (en el suelo) y enfadarse cuando le picaba estando más alto que él. Cuando le sacaba, siempre suelto por supuesto y a quien lo gustara que pusiera una denuncia, lo primero que hacía es correr como un loco. Lo que ya nos da una idea de su ansiedad, viviendo una vida completamente desnaturalizada para él: solo y en cuatro paredes. Yo me escondía detrás de un coche y le sobresaltaba. Jugábamos al escondite. Entonces empezábamos a jugar al pilla-pilla, le pellizcaba el “culo” y se daba la vuelta. Yo corría en dirección contraria y cuando veía que se cansaba (por esos años tenía unos 12 años), me paraba con los brazos abiertos y se me tiraba encima para que le abrazara. Dicen que los perros no ríen, pero sinceramente, cualquier persona medianamente despierta sabe que se dicen demasiadas chorradas. Él lo hacía. Y los caballos también. Probar a meteros en un prado con un potro y jugar al pilla pilla, mirad cómo se retoza y salta de alegría. Hay que estar ciego para no ver lo iguales que somos.

Un día, Yok y yo nos fuimos a la playa (o el Río Pisuerga para los no Valladolid residentes). Muertos de sed y de hambre, así que me acerqué a Cárnicas Poniente para él y a La Mejillonera para mí. Yok estaba en un lugar que no conocía que se movía con reglas y mecanismos de los que no tenía ni idea. Se asustaba con tanto coche y con tanta gente agrandando que por supuesto no mostraba casi respeto por alguien tan chiquitajo como él. Caminaba demasiado rápido, me miraba constantemente y no dejaba de buscar contacto físico para sentirse seguro. Yok siempre ha sido un perro miedoso, al contrario que su compañero Yakie, con quien ha vivido durante la mayor parte de su vida hasta que murió. Yakie sí que era un perro especial, algo de otro mundo, empezando por su mirada y terminando por sus actos. Aún llevo una cicatriz entre la nariz y los labios de una mordida suya, estaba enfermo e intentaba animarlo. Él se molestó y me mordió, no se separó de mí el resto de los días, cuidándome como de costumbre. También podría contaros que cuando Yok se escapaba en Los Alcázares, le decíamos “trae a Yok a casa” y a la media hora lo traía. Cosas que para la mayor parte de la gente son “de otro mundo”pero evidentes para quiénes siempre hemos intentado conocerlos.

Por otro lado, Yok es un celoso. Cuando era más pequeño si me daba abrazos con mi familia en seguida se nos subía para que le diéramos mimitos a él. Más tarde, ya viejete, cuando me encontraba con algún cachorro y me paraba a jugar, se separaba de mí y nos observaba con recelo. Yakie no era así. Yok tenía muy marcado el deseo de sentirse querido, atendido y preferente ante todos los demás. Creo que todos hemos sentido esto alguna vez.

En síntesis, Yok siente alegría cuando jugábamos o le traíamos la comida; tristeza cuando estaba solo o perdió a su compañero de vida, Yakie; miedo cuando estaba en un ambiente desconocido; le gustaba sentirse el centro de atención o una prioridad; necesitaba cariño y se ponía celoso; y era muy curioso cuando por ejemplo estábamos en el campo y me agachaba a darle la vuelta a un bicho, le hacía gracia observarlo, me miraba, recibía mi “respuesta” a través de una mirada recíproca y seguía tan tranquilo explorando con su compañera de confianza.

Yok, Yakie y cualquier animal que haya pasado por vuestra vida a través de un regalo de cumpleaños o en la ciudad mientras dais un paseo, sienten emociones que se transforman en sentimientos y luego en estados de ánimos. Tienen una personalidad distinta a la de sus compañeros, marcados por su experiencia vital y también por su forma de enfrentar las cosas. A veces les apetece jugar y otras veces no porque están tristes, enfermos o tienen algo más interesante entre manos: como un palo que acaben de encontrar en el paseo de todos los días.

¿Para qué necesitamos que una universidad, por supuesto, de prestigio haga un estudio científico que demuestre que los animales sienten, tienen conciencia y tienen personalidad? ¿Tan mediocres y mezquinos somos como para mirar a otro lado cuando se está maltratando a un animal con la excusa del mediocre de turno?

Él ha sido mi gran compañerito de vida, hemos crecido juntos y de la mano. Me ha enseñado a ver más allá de lo aparente y ha sido uno de los mayores estímulos de mi auto crítica. El mediocre de mirada y argumentos no tiene acceso a este aprendizaje, así que parece que el inteligente es capaz de dejarlos atrás para abrir su mente y vivir de una manera diferente. Por su sensibilidad, que no es otra cosa que potencial. Porque este es el motivo por el que he elegido “Yok, relevante descubrimiento científico sin precedentes sobre los animales”. Porque los grandes descubrimientos siempre están mucho más cerca y a nuestro alcance, de lo que imaginamos. Porque está en nuestra mano fijarnos en lo relevante, aplicar el método científico y siempre hay precedentes y hechos presentes sobre los que apoyarnos.

Si no estás dispuesto o dispuesta a estar a la altura, no traslades tu mediocridad a otro ser vivo. Prepárate. Aprende.

Aquí os dejo una foto del enano jugando al escondite como de costumbre.

Te adoro cachorrito,

E.

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